curriculum

Ser creador es transformar el mundo cotidiano en un universo mágico.
Es transitar por el papel convirtiendo la tinta en mensaje de luz.
Es deslumbrarse ante el silencio
y transformar los sonidos en canto.
Es tener lápices de colores para combatir la guerra
y combatir la guerra con palabras
y lápices de colores.
Es tener brazos como si fueran alas
y tener alas como si fueran brazos.
Es remontar el día en el contracielo de las dificultades
y descubrir en una frase el pasaporte a la alegría.

Sylvia

 

PALABRA

Palabra, claro cielo, tibia casa,
asumes con mi piel toda la esencia
y el destello fugaz que la traspasa.

Palabra, gozo mínimo, elocuencia,
prolongas en mi labio, como un puente,
el hechizo voraz de la cadencia.

Palabra,  asombro, mar que vierte
en escamas brillantes todo el brío
que aprisiona en el arte su simiente.

Pasajera del sol y del rocío,
en tu luna yo templo mis razones
y en tu fuego no mido el desafío,

pues me doy a tu luz sin perfecciones
y descuelgo en un mundo de prodigios
la más antigua voz que hay en sus sones.

Hoy te siento, palabra, cual vestigio
de un secreto que arde y se confiesa
en el rito augural de tu prestigio.

Como el pan cotidiano es la promesa
que acerca en el pronombre su destino
y encuentra en los verbos un molino
que desgrana en lenguaje su belleza.

 

Sylvia Puentes de Oyenard    

 

Madre

¡Qué aroma, Madre tendido
en la espiga de tus labios!
¡Qué madreselvas airosas
se enredaron en tus brazos!

¡Qué acento el de tus palomas
prisioneras de los astros!
¿Qué duende vivió en tus alas
Sembrador de vuelos mágicos?

Por la garganta de mimbre
se treparon los naranjos
para endulzar el susurro
sobre mi cuna de estaño.

En tu piel se embrujó el aire
misterioso de los nardos
y en tu cintura de junco
arrulló el amor sus pájaros.

La luna te regaló
el color de sus pestañas
para dejar en tu pelo
el vuelo de sus nostalgias.

Tu paso, Madre, fue hechizo,
de rosa y abrazo largo
que dejó en el corazón
las palabras del remanso.

Yo quiero mirarte, Madre
con los ojos de mi canto
apagando sobre el pecho
los girasoles del llanto.

Yo quiero mirarte, Madre
crecida de aquel misterio
que se engarzara en el sueño
transparente de los álamos.

Yo quiero, Madre, tu risa
de fuegos y de geranios
para dormirme con ella
en el jardín de los años.

Sylvia Puentes de Oyenard


PADRE:
Me diste, padre, un corazón abierto,
un puñado de soles trasegados,
una lluvia de paz en las raíces
y este aroma de nardos, deslumbrado.

Me enseñaste que amar es ver a Dios
en cada cosa en la ciudad que andamos,
que la provincia azul es dar la mano
y compartir el pan que me ha tocado.

Me mostraste que el odio malherido
tiñe en sangre y dolor a nuestro hermano,
que solo en el amor vive el amigo
que hace del perdón surco sembrado.

He sentido tu voz, padre, en el patio,
vi a mis hijos buscando tus orillas
y encendí los secretos resplandores
que bebieron la luz en tus gavillas.

Sylvia Puentes de Oyenard

 

 MI PEQUEÑO PAÍS
“Hay países pequeños, pero no hay naciones pequeñas.”
Clemente Estable
He nacido en la tierra de los pájaros,
un pequeño país donde los ríos
abren surcos de luz entre los cuarzos.

Un territorio azul, donde el estío
es un pulso continuo de gaviotas
y un ir izando el sol desde el rocío.

El que ha nacido aquí se siente aurora,
surtidor de colmenas y viajero
de un secreto rumor de caracolas.

Su linaje es de ceibo y de lancero,
de nísperos dorados y palmeras,
de coraje y amor, de dalia y fuego.

En la piel de sus hijos escarcea
el misterio del hombre prisionero,
el de luna y jaguar en sus hogueras.

Aquí el indio fue puma y no jilguero,
guerrero corazón y voz crecida
poblada de azahares  y de horneros.

Esta tierra que a mí me dio la vida
me dio pan, me dio hijos y un poema
que se arraiga en mi voz y que la anida.

Y fue Tacuarembó la primer gema
que a mi pecho mostró su geografía
y ha crecido en fulgor, como diadema.

Luego el tiempo me trajo a esta bahía
donde asisto a la sed y a la aventura
de ser y de vencerme cada día.

Y es este mi Uruguay el que inaugura
un ala y un jazmín como frontera,
un territorio azul donde fulgura
un pequeño país que es mi bandera.

Sylvia Puentes de Oyenard
(De Uruguay, territorio de nácar)


EL SOL Y LA LUNA

El sol despidió a la luna
con su gorro de aceituna
y al relumbre que ofrecían
del rocío las naranjas,
dijo el Sol: -Señora Luna,
esta tarde he de esperarla
al borde de la laguna.
Pero la luna iba a un baile
y al sol contestole airosa:
-¡Hoy no vendré hasta la una!

(De Poemas de Azúcar, 1976)

¿QUÉ TAL, SEÑOR PAYASO?
Está sola la casa y ya no canta
su vivir cotidiano, su trabajo.
Mi ternura aletea por los cuartos
y se vuelca en los ojos de un payaso.
De la cama vacía a dos zapatos
la mirada es un pájaro cautivo
que se cae, en mi voz, como un suspiro.

-¿Qué tal, señor Payaso?
Imagíneme usted, siempre de paso,
sin tiempo de acunarlo en mi regazo
y de pronto aquí estoy, sueño y abrazo,
porque el señor trabaja y los niños
cortaron ya su rama de los tallos.

Lo sé. Vendrán mañana.
Pero ahora...
¡Qué desnuda, qué sola está la casa!
Mire usted,
¡si hasta el aire se agranda en el espacio!
Los colores no brillan y en mis manos
no dibujan ni torres ni caballos.
El reloj es el único que vive
con sus dientes de acero y picotazo.
Las muñecas, son eso, las muñecas,
y el barco y los aviones un puñado
de sueños vagabundos, derrotados.
Ya no vuelan ni cantan ni prolongan
su misterio  de seres bienamados.
Ahora el trompo es el trompo y no el zumbido
de una risa que gira a su costado.
Lo sé. Es por hoy.  Vendrán mañana.
Y cuando el sol traiga el fuego
en sus flechas disparado
otra vez el amor será latido
y buscará las aves de este nido.
Escaso será el tiempo y estas manos
un jadeo de ropas y tomillo
que habitará sus diálogos, sus risas.,
y en su fragua de sueños, las caricias.
Pero ahora estoy sola y el silencio
se me ha hecho la piel de sus retazos,
Le he visto el corazón a los juguetes
y he colgado mi amor entre sus brazos.

Mañana...sí, mañana,
escribiré un poema y por si acaso
no se asuste si ve que yo me enojo
y voy de paso
sin tiempo de acunarlo en mi regazo
y decirle como hoy:
-¿Qué tal, señor payaso?

SYLVIA PUENTES DE OYENARD

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